EL VIAJERO SE HA IDO, COMO ES LÓGICO
Editorial Linteo, 2002
versión inglesa versión francesa
 
 
 

"Una novela brillante que introduce con habilidad al lector en un mundo repleto de referencias" (JOSÉ MARÍA MERINO).

"Personalmente al terminar de leer esta novela tuve ganas de releerla y eso es lo mejor que puedo decir de cualquier libro" (Carmen Gómez Ojea, LA NUEVA ESPAÑA).

"Luis Artigue se ha revelado como un novelista muy original" (Nicolás Miñambres, DIARIO DE LEÓN).

 
     
 

CONTRAPORTADA

Manuel Muro, pintor alocado y heterodoxo, llega a París con una maleta vacía y allí la vida le va llenando al tiempo que él llena su maleta. Gracias a su gran capacidad para fascinar la gente más interesante de la ciudad intima con él. Así se hace amigo de Miguel de Unamuno y éste le regala el original de su Diario de París, el cual él guarda en la maleta; Juan Gris pinta un retrato a dos prostitutas, se lo regala y él lo guarda en la maleta, Natalie Barney le da una pluma estilográfica, y Djuna Barnes su capa y su sombrero, Hemingway el original de “París era una fiesta”, Picasso, Gertrude Stein…

 
     
 

INICIO DEL LIBRO

Yo me llamo Manuel Muro y ésta no es mi historia. Esto no es lo que pasó. Tal vez no conocí a nadie interesante ni estoy mirando hacia atrás en lugar de al horizonte, pues de todo hace ya tanto que me he acostumbrado a la total indiferencia porque ésta también es gris. Si ahora transcribo deudas no es por nada racional, te lo prometo. Supongo que al igual que Thelma, o Ernesto, o Natalie o cada uno de los otros sólo somos en el mundo un total anacronismo, y escribir sobre el pasado da sentido a nuestras vidas y nos impide morir. No hay nada más en todo esto. Yo quiero hablarte de libros, de cuadros y de cafés. De tertulias y del circo. Y de mí. De la angustia hecha palabras por las mujeres hermosas que no he dejado de amar. Sí, tan sólo deseo ubicarme. Estoy seguro de que si lo que ahora redacto en verdad tiene un propósito, ése es porque, a cierta edad, rastrear en los diarios amarillos para actualizarlo todo es algo parecido a apoyar una oreja sobre el corazón. Sí, todas las revoluciones son fallidas... ¿Te lo he contado? ¡No, si acabo de empezar! He retomado tantas veces con una pluma o en lienzos ese yo desconocido que, a veces, el pasado y las palabras sin querer interseccionan. Perdona los incisos y esta senil lentitud en la forma de contar: en mi memoria las anécdotas se alargan como la forma de los barcos. Supongo que he esperado demasiado para actualizarlo todo y ahora, si me descuido, se me va a meter en tromba el pasado en mi cuaderno. Aún así duele al entrar. Verás. Yo dibujo desde siempre. De hecho, ya no me acuerdo de la fase de mi infancia en la que no dibujaba. Sobreviven de aquel tiempo algunos olores, sabores, el paraíso irracional de mi memoria táctil y sobre todo las imágenes. Hermosas imágenes. Un mundo sin perspectivas, totalmente naïf pero a la vez sincero. A los catorce años —o tal vez fueran trece, o dieciséis— alguien me pasó el cartel que anunciaba un desfile de modas en el viejo Café “Iris” del Barrio Renueva. Habían llenado las calles de esos carteles, todo un acontecimiento para nuestra ciudad de provincias encerrada en sí misma. Al salir de la catedral tras la misa de doce, justo en la calle Ancha, mi amigo David me hizo llegar uno que había robado de la cristalera de un comercio. Recuerdo que mi madre ni siquiera dio importancia al hecho. Aún brilla mi silencio al llegar a casa. Mi impaciencia por lavarme las manos y empezar a comer. Mi vuelo al ras del plato de judías con morcilla, ajeno a las conversaciones envidiosas sobre los vestidos de las solteras en la catedral, o sobre un vecino que lleva hoy otra vez a su mujer a la función del “Teatro Principal”. —Mamá, yo de postre quiero un plátano. Dámelo que me lo llevo a la habitación. Tengo que hacer deberes. Y me fui a mi cuarto con el trámite del postre. Desdoblé el cartel del revés para curarle un poco las arrugas y lo miré despacio con la sonrisa puesta. Era un anuncio que presentaba en el centro a una mujer con traje de falda hasta la rodilla, chaqueta gris y un exuberante sombrero. Esta modelo es una de esas mujeres que no existen, pensé. O por lo menos yo no las había visto nunca. Tras el fogonazo mental cogí un folio y calqué la silueta. Y dentro, líneas curvas, intensas. Dentro yo con todos mis amigos riéndome de quien dicta las normas. También dentro el deseo. El resto ya era fácil: sobre el dibujo a lápiz, marcar las líneas maestras con una pluma estilográfica que mi padre nunca usó. Luego borrar los restos de grafito. Luego superponer, cortar, pegar... Acaso aquella fue la primera vez que tomé exacta conciencia del cuerpo de las mujeres. De cuánto ganan desnudas. Y también que, como decía mi madre, vale más reírse un minuto que llorar un siglo. Y es que hace tanto ya que no me río. Tanto que no dibujo nada nuevo... Doblé el cartel y lo escondí entre la camisa y el jersey. —Mamá. Me voy a jugar con David. Al día siguiente, el alba debió de ser naranja y, por momentos, a la vez también violeta, pero yo no lo vi. Estaba lejos de allí soñando con la mujer del gran sombrero a la que había desnudado sin que a ella se le apagara por tal hecho la sonrisa. Estaba imaginando la cara de las beatas que, al salir de la primera misa, se encontrarían el cartel pegado en un portón que llaman de la Gloria. Estaba reviviendo el día anterior con David subido sobre mis hombros para dejar el nuevo cartel lo más alto que pudiera. Ahora, en mi vejez, siento que el mejor yo era el de entonces. Aquél que, durante una adolescencia de pan con nueces y tocino untado, se reía de las convenciones sin licencia. Aquél que dibujaba sólo a ráfagas, como a bayonetazos, justo cuando la vida lo pedía. Años después me iba ya tres tardes a barrer y limpiar en el estudio de don Modesto. En realidad, no era sino un piso sin tabiques con su respectiva superposición de colores y tiempo, y todo el trabajo duro y el poso de muerte y vida que esto implica. Por las paredes mensajes y retratos. Por el suelo pinceles, recortes de periódicos, tubos de óleo y cicatrices bajo los caballetes. Él, con su pelo blanco y en su medido caos, paseaba unos minutos ante el lienzo, mirando desde el cielo como un águila, y luego se abalanzaba. Con nerviosismo gestual. Con pasión. La verdad es que a mí verle pintar me inspiraba. Pero nunca jamás lo demostraba. Yo siempre miraba al suelo. Bien que me aseguraba de reprimir mi interés y casi no hacer ruido por si él me vigilaba. Bien que guardaba todo lo que oía y veía. Me lo había dicho mi madre: —Manuel, tú ver, oír y callar, que don Modesto está allí pa’ trabajar y no pa’ dar coba a nadie. Lunes, miércoles y viernes, esos eran días de fiesta. Al menos en el tiempo que estuve sirviendo en el estudio. A veces venían alumnos pero sobre todo alumnas y él, con su bata manchada —se puede saber mucho del cuadro que está pintando al mirar la bata de un pintor, hijo—, hablaba de transgredir la forma en el retrato. Hablaba de conseguir que la piel vibre, que comunique al mirarlo porque se note la vida. Insistía en que ha de haber gran sintonía entre la obra y el modelo. No es una fotografía, Manolillo. Hay que tratar de integrar en el cuadro todo lo que emana de la persona pintada. Se trata de acercarla, ¿ves? Así cada pincelada estará condicionada. Hablaba de la mirada, de su falsa simetría y de cómo perfilar las galaxias ignoradas que hay ahí dentro. El retrato es el ganapán del pintor, no lo olvides, pero hay que resolverlo con oficio, sabiendo a quién tienes delante... Al fondo de la escena, como una cara sin nombre en la sala de subastas, yo nunca decía nada, pero guardaba todo. Hoy, 6 de noviembre de 1974, cuando son las diez y media en punto de la mañana y en la Main Gallery, dependencia principal de la sala de subastas Sotheby’s en la que nos encontramos, el señor notario da por comenzada la sesión. Hasta el momento hay apuntados ciento cincuenta y seis compradores con número. Recordamos al auditorio asistente que los objetos incluidos en el primer lote de esta subasta pública son: el sombrero de tres puntas y la capa negra forrada que hicieron famosa a la escritora americana Djuna Barnes en el Village de Nueva York y, sobre todo, en París, y que datan de la segunda mitad de los años veinte; una pluma estilográfica art déco Montblanc nº 2, de oro macizo, con motivos florales labrados en el lomo, y en la que pueden leerse las iniciales N. C. B., que corresponden a la musa y escritora Natalie Cliford Barney; un poema hológrafo inédito firmado por el poeta francés Charles Baudelaire, acompañado de un documento de autentificación expedido en París el 2 de octubre de 1927 por la entonces dueña de la librería “La maison des amis des livres”, Adrienne Monier; el original mecanografiado de “París era una fiesta”, libro de época escrito por el Premio Nobel Ernest Hemingway, cuya primera fecha de finalización, tal como consta en la dedicatoria firmada por el autor, data de la primavera de 1926 aunque, como es sabido, esta copia se perdió y el autor tuvo que reconstruirla entre Ketchum y Cuba. La terminó en torno a 1960 pero entre esa versión última y la que hoy se subasta hay notables diferencias; luego un cuadro titulado “El turbante verde”, pintado en 1929 por Tamara de Lempicka; también el diario que Miguel de Unamuno llevaba durante su exilio de la dictadura de Primo de Rivera en París, y, por último, este cuadro titulado “El suicidio” de un artista desconocido, pero en el que pueden reconocerse claramente dos palomas esquemáticas pintadas en rojo por Pablo Picasso, estando estas convenientemente autentificadas en una carta que solicita la compra de la obra. Dicha misiva está fechada en París el 6 de abril de 1931 y la firma Gertrude Stein... Fíjate. Incluso recuerdo una ocasión en la que el alcalde vino en persona, con traje gris mil rayas, corbata ancha y fijador, al estudio para que don Modesto le hiciera un retrato. A cargo del Ayuntamiento, por supuesto. Sé que a mí ni me miró, pero yo tan sólo tenía ojos para el acusado virtuosismo de aquel hombre que usaba el pincel a modo de varita mágica. O al menos entonces así lo veía yo, y no quiero hoy retocar ni un ápice de la mitificación infantil de aquellos años. El alcalde, su señorial bigote, su bastón, se esforzaba en el sillón por agrandar aún más al sacar pecho su esférica barriga. Don Modesto apenas le miraba. Eso es ahora mismo lo que más recuerdo. Mientras se acomodaba en el sillón de mimbre colocado sobre una tarima, mientras modelaba el nudo de su corbata y se alisaba la chaqueta, ensayaba una mirada de mando y hablaba de sus logros sólo para escucharse, mas don Modesto apenas le miraba. Más bien colocó pronto una tabla que era un muro encima del caballete y empezó a abrir los tubos de óleo levantando en la paleta diminutas montañas de colores. El alcalde sepa usted que yo tengo un vivo interés en apoyar el arte y la cultura en esta ciudad histórica. No en vano es un factor importante para incrementar el nivel de vida de nuestros ciudadanos. Precisamente ahora estamos impulsando no se mueva, gire un poco la cabeza hacia la izquierda ¿así? sí pues, como le decía, precisamente ahora estamos impulsando la construcción de viviendas sociales en esta zona y ya pronto dejaremos listo el pavimento y el... hablaba y hablaba. Y hablaba. Pero don Modesto oía sin escuchar caminando ante la tabla aunque vuelto hacia adentro. Algunas veces miraba por la ventana el sol difuso que jugaba a esparcirse desde el “Hostal de San Marcos” alargando los tejados. Hasta que se lanzaba al caballete. Yo barría muy despacio, sigiloso, y miraba la obra como si en mi interior no diluviara. Como si yo no fuera un maremoto dentro de un cascarón. Como si, en realidad, aquella subversión autoelegida de fregar y limpiar no me agradara. Para liberarme interiormente cada noche, en mi cuarto, dibujaba cosas bellas: caballos, nieve espesa a la orilla del río, la lluvia un día de sol, rosas rojas creciendo entre las piedras de la Plaza del Grano, la catedral de noche con la luna posada en un hastial, mendigos de corbata, monjas sonrientes con los labios pintados, tórtolas, corzos, curas borrachos zigzagueando por el casco viejo, atardeceres emulando sonrisas, mujeres con sombrero... Y por el día trataba de preparar la noche. Vivir era esperar a fuego lento. Vivir era observar pintar a don Modesto mientras la escoba acariciaba el suelo. Y escuchar sus palabras densas y para otros. Eso era vivir. Y también dibujar a la luz de un candil sueños que ahora contemplo en blanco y negro. Yo iba anotando todo, ya entonces, en mi diario, como una forma más de conservar lo importante y apreciarlo aunque nadie percibiera mi presencia. Una ínfima presencia, allí en el fondo. Una no decisiva. Asimismo ponemos en conocimiento de todos los asistentes que la forma de pujar en la subasta será levantar la cartulina roja numerada que a cada uno de ustedes se le ha entregado durante la inscripción. Aceptamos también la puja indirecta y por teléfono. El precio de adjudicación en ningún caso podrá ser inferior al precio de salida como así consta en las bases de convocatoria pública... Y una vez efectuadas las labores previas, señoras y señores, buenos días. Comenzamos. La primera obra de arte de este lote es un grabado de la escultora y grabadora norteamericana Thelma Wood. Esta mujer, amante de la prestigiosa escritora de culto Djuna Barnes, fue una de las figuras destacadas de la bohemia orilla izquierda parisina en aquellos “locos años veinte”. De su personalidad arriesgada y transgresora, muchas veces rayana en la crueldad, sabemos algo hoy por los escritos de John Glasco, Robert McAlmon y Ernest Hemingway, pero sobre todo porque ella dio lugar al personaje de Robin Vote —uno de los protagonistas— en “El bosque de la noche”, obra maestra de Miss Barnes considerada por escritores de la talla de Lawrence Durrell, Samuel Beckett, T. S. Eliot o Graham Greene como una de las novelas fundamentales de este siglo. En esa narración lírica se cuenta la historia de una joven excesiva llamada Robin junto a su sumisa amante Nora Flood —alter ego de la propia Djuna Barnes— en el París de los expatriados y la vanguardia artística. Densas reflexiones sobre la imposibilidad, sobre el fracaso que nos hace humanos, el desamor y la palabra como terapia se suceden. La aristocracia, la bohemia, los cafés nocturnos, las triangulaciones amorosas y la sabia verborrea del Doctor Matthew O’Connor son los puntos cardinales de una obra literaria, “El bosque de la noche”, cuya lectura la organización se complace en recomendar sinceramente. En cuanto a su quehacer artístico en la no ficción, Thelma Wood era escultora y destacó principalmente por ser una talentosa grabadora en plata, labor harto difícil ya que toda impresión en ese material es definitiva e incorregible y un error podría echar por tierra semanas de trabajo e incluso meses... —Buenos días, ¿está libre este asiento? —Sí, por supuesto —dijiste tú retirando de él un bolso y el cuaderno y pasándolos al contiguo. ...aunque mucha de su obra escultórica no la conocemos hoy, sí estos grabados de recurrente temática lésbica y vegetal. En concreto el que ahora nos ocupa data de 1928 y se trata de uno de sus personalísimos paisajes naturales en el que las hojas simulan el sexo femenino sobre el que están colocadas unas manos humanas. Al valor intrínseco de esta obra, hay que añadir el hecho de ser un testimonio simbólico de la relación entre Miss Barnes y la autora del grabado, y también el constituir ésta una de las rarísimas oportunidades de adquirir algo de la producción artística de Thelma Wood, la ya inmortal Robin Vote. —¿Vas a pujar por algo en la subasta? —El diario de Unamuno. —Por supuesto, don Miguel... ...doscientas setenta libras ofrece el caballero de la corbata roja. Aún debemos subir más. ¿Alguien ofrece más? Trescientas, ¿quién ofrece trescientas? Trescientas para usted, caballero de la tercera fila. Y ya estamos en las trescientas diez, trescientas diez, trescientas diez, ¿quién por trescientas diez? Usted señora por trescientas diez. ¿Y por trescientas veinte?... Es algo inolvidable para mí. El día en el que don Modesto se enteró por amigos —era de dominio público— de que aquel alcalde gordo tan poco parecido a Sancho Panza se había apropiado de no sé cuántos cientos de miles de pesetas, vino muy enojado al estudio: —¿Te has enterado de lo del gordinflón? —me preguntó. —Sí, algo he oído. —Cuanto más tienen más quieren, hijo. Mientras hablaba, iba desembalando el señorial retrato y poniéndolo de nuevo encima del caballete. ¿Y éstos son los mecenas de ahora?, decía. ¡Van buenos! Se palpaba su ira pero, sobre todo, se intuía la ironía mientras aún le ardía por dentro. ¡Que este tío es un chorizo! Pues yo me río de Janeiro, hombre, que para vivir aún nos llega... Una sonrisa emergente de trasto Lazarillo le mitigaba su decepción mientras blanqueaba la cabeza del retrato. Yo le miraba incrédulo. ¿Qué hace? Entonces comenzó, conservando los ojos que le identificaban, a colocar sobre el cuello una cabeza esperpéntica de colores chillones y agresivos. En el extremo final del bastón dibujó el filo de un cuchillo con el que se apoyaba finalmente en el suelo. En la punta de ese filo tenía clavado un billete. Y en lugar del gesto serio, una sonrisa malévola con ojos de glotón zampabollosajenos, en palabras de don Modesto. Y en la chaqueta un reloj sin agujas hiperrealista. Sin sombrero. Sin tapujos. Era una imagen grotesca pero clara, si es que ambos conceptos juntos son posibles. ¿No me decía el primer día que intentara que se pareciera lo más posible? Pues aquí está clavao, ¿no, Manuel? Luego lo volvió a embalar. —Ahora sí que es él, ¿no te parece? —Sí, pero no creo que le guste mucho. —Que se joda. Y así, como te decía, lo volvió a embalar. Era imposible, pero cómo hubiera querido ver la cara del alcalde mientras miraba la obra. Cómo me hubiera gustado ser testigo de su gesto y sus gruñidos al verse ante un espejo como aquél, ante un pintor sin mirada sumisa, ante el peso de la denuncia plástica. Sé que no le agradó aquello porque, en cuanto miró el cuadro, dio orden de que a don Modesto no se le pagara nada, y entonces el maestro reclamó la obra y la dejó colgada en una pared de su estudio. ¡Parece que la estoy viendo! A veces pienso que lo que te cuento ahora fue la mejor lección sobre pintura y vida que aquel hombre supo darme. Una de las mejores. ...trescientas cincuenta, usted. ¿Y sesenta? Por un grabado en plata rarísimo. Difícilmente encontrarán otro de esta autora. Sí. Trescientas sesenta. A por trescientas setenta... —Esto no llega a las cuatrocientas —dijiste. —Seguro que sí —repliqué. —No lo creo. —¿Te apuestas una botella de champagne francés a que ese grabado pasa de cuatrocientas cincuenta? —te dije mirándote a los ojos. Tú no pestañeaste, por supuesto. No eres fácil de intimidar. —Es imposible —respondiste. —Pues apuesta. —Vale. Hecho. Pero le voy a hacer pagarme un champagne caro. —Aquí tienes —te dije entregándote una tarjeta de visita —la dirección postal de mi casa en Glastonbury. Es que prefiero que me mandes la botella allí. Así un día de éstos podré acordarme de ti y empezar la página correspondiente de mi libro con la frase: Hoy me ha llegado por correo una botella de champagne...