LAS PERLAS DEL LOCO VENTURA
Editorial Edaf, 2006
Premio de novela Fundación UCM
versión inglesa versión francesa
 
 
 

"“Obra ingeniosa habilidosamente trazada…. El autor se presenta como discípulo que da a conocer la obra del maestro, como el Platón de un Sócrates imprevisible y genial -que tiene, además, mucho de pensador provocativo-… El humor -a veces con tintes macabros-, la fantasía y el juego constante con la literatura salpican estas páginas” (Ricardo senabre, EL MUNDO).

"Un autor en posesión de una rara madurez literaria" (Juan Ángel Juristo, ABC).

 
     
 

CONTRAPORTADA

Una ciudad. Un mundo. Un bar. Jesucristo contando parábolas fantásticas cada sábado noche cerca del mostrador a cambio de la cena. Algunos ciudadanos respetables tratando de encerrarle en un psiquiátrico a pesar de que tanta imaginación no cabe en una camisa de fuerza…
Dejando huecos por el bien de la intuición he aquí, esbozada, la historia del loco Ventura, prodigioso narrador oral, y curandero, y psicólogo, y profeta, y viajero, y orador desquiciado e interesante a causa de su sabiduría y su delirio mesiánico. He aquí, como un puzzle, la biografía y el mensaje de este visionario. Todo se vislumbra detrás de los cuentos que, como quien hace planes para el mundo, cuenta cada sábado noche en el Bar Casa Lolio entre los borrachos, los fariseos, las prostitutas, los discípulos, los solitarios y un periodista que sin saberlo se convertirá en evangelista.

 
     
 

INICIO DEL LIBRO

-No me gustan los libros que empiezan con un diálogo. -¿Por qué no? El resto de la conversación está tachada pero algo me dice ahora que ése es tan buen comienzo como cualquier otro a la hora de relatar algo definitivo que aún no estoy seguro de si me ocurrió. Sí, ¿me sucedió a mí o fue a ti? Podía haberte pasado a ti que cada tarde sales de casa sin rumbo fijo, observas como declina la luz del día, escuchas, mides la vida, avanzas y llegas a través de esas calles estrechas del casco viejo a la romántica Plaza Mayor, a sus soportales, adoquines, a esa puerta de madera de cierto bar llamado Casa Lolio al que no has entrado nunca. Y allí un cartel que más bien parece una pintada pegado sobre el dintel llama tu atención: “Hay quien ha hecho el amor con su propia hermana en un ascensor con paredes recubiertas con espejos y aún vive para contarlo. Si quiere escuchar su historia visite este bar hoy sábado a partir de las once de la noche”. Al entrar más o menos a esa hora encuentras el local tan sugerente y dinámico que parece una melodía celta. Allí estás tú. Tú que vas al mostrador entre la gente, pides una cerveza, bebes, compras tabaco, fumas, oteas, te fijas en cierta morena de cuerpo justiciero que avanza unos pasos por delante de ti -¡vivan los vaqueros ajustados!- y entonces, entonces... De pronto aprecias cómo un sospechoso viejo de barba blanca, camisa de leñador, pantalones de pana, chaleco y sonrisa histriónica que bebe mosto de manzana cerca de ti le dice algo al oído al camarero, toma el centro del local y en ese instante suena la campana tilín tilín tilín tilín tilín tilíííííííííínnn un poco de atención, por favor. Buenas noches…. Al principio es como uno de esos estúpidos actores de las películas que súbitamente se pone a cantar en medio de la calle, en una fuente o bajo una tubería. La campana siempre pilla desprevenida a alguna gente mientras el viejo levanta una mano, y silba, y como con flema de sabio otra vez pide silencio, silencio, silenciooooooooo un instante estimados clientes. Buenas noches. Tranquilos, no les quiero vender nada ni convencer de nada. Tan sólo les robaré algunos minutos para liberarles del peso de la realidad, la monotonía y el aburrimiento, para decirles que un cuento es una mentira elegante y necesaria, y sobretodo para informarles sobre los últimos descubrimientos del hombre blanco en torno a la relación fronteriza entre el sexo y la música. Sí, entre el sexo y la música… Les cuento: